“Esta historia de amor —por curiosa coincidencia, como diría doña Arminda— comenzó el mismo día claro, de sol primaveral, en que el hacendado Jesuíno Mendonça acabó, a tiros de revolver, con Doña Sinhazinha Guedes Mendonça, su esposa, personalidad ilustre de la sociedad local, morena tirando a gorda, muy dada a las fiestas de la iglesia, y con el Doctor Osmundo Pimentel, dentista llegado a Ilhéus hacía pocos meses, mozo elegante, con pretensiones de poeta…”
Así como la mayoría de historias de amor, al menos las que en estos tiempos merecen ser contadas, ésta duró solo un instante. A fin de cuentas las coincidencias no existen.
No fue coincidencia, aunque doña Arminda insista en afirmarlo, que las cuartillas llenas de palabras de amor del Doctor Osmundo Pimentel, llegaran a los pies de Doña Sinhazinha. Llegaron llevadas por el viento, perdidas en su camino, porque el perderse era parte de su destino, de su camino hacia la coincidencia.
El doctor Osmundo Pimentel siempre vivió entre la dicotomía de ser un hombre serio y responsable, graduado con meritos en una de las mejores universidades de Brasil, y ser un hombre de espíritu libre, con esperanzas de amores de marinero y vida de bohemio errante.
Ese corazón errante lo llevó, en una jugada maestra del destino, a Ilhéus. Su barco cuyo rumbo era Salvador, se vio perdido en una tormenta que finalmente lo arrastró, como si no pudiera ser diferente el camino, a las costa del pueblo donde por fin podría vivir su sueño mas anhelado.
Al llegar, de inmediato llamó la atención de todas las personas del pueblo, según doña Arminda, por ser elegante y distinguido, profesional y buen mozo. Al indagar por el motivo que lo llevó a dejar su vida en Rio de Janeiro, el Doctor Osmundo Pimentel contestaba siempre con evasivas cargadas de simpatía y galantería, que lograban que sus interlocutores quedaran absortos admirando la gracia y caballerosidad de este nuevo habitante.
No habría de pasar mucho tiempo para que llegara a los oídos de doña Sinhazinha Guedes de Mendoça, traído esta vez en boca de doña Arminda, la noticia de la llegada de este nuevo hombre, que aún sin saberlo iría a cambiar para siempre su vida.
Doña Sinhazinha y doña Arminda eran amigas desde hacia mucho tiempo, del tiempo de la llegada de los alemanes. Sus años de profunda camaradería habían soportado más pruebas de las que cualquier amistad soportaría, incluida el matrimonio de doña Sinhazinha con Jesuíno Mendoça, pretendiente por muchos años de doña Arminda. Después de todo, doña Arminda siempre esperó que otro amor llegara para llevársela del cultivo de cacao que ya tanto detestaba, y que siempre le recordaba las tardes de verano en las cuales, entre frenéticas palabras de pasión, Jesuíno le prometía amor eterno.
Doña Sinhazinha, a diferencia del resto de la población, no se interesó con la llegada de este nuevo hombre. Su edad avanzada y su vida tranquila a las afueras del pueblo, solamente interrumpida con las visitas a la iglesia, le daban la certeza de que ningún hombre o mujer, podría irrumpir su rutina cargada de rezos y oraciones.
A pesar de los esfuerzos de doña Arminda por hacerle leer las cuartillas de pretendida poesía del Doctor Osmundo Pimentel, doña Sinhazinha siempre rehusaba diciendo que ya estaba muy vieja para andar en amores de jovencitos, que a su edad, las únicas palabras de amor eran las buenas noches que recibía de su marido al momento de acostarse.
Si solo hubiera sabido que doña Arminda había mantenido su amistad con doña Sinhazinha, para poder ver, aunque fuera a la distancia a Jesuíno Mendoça, y que sus esfuerzos por que doña Sinhazinha leyera los poemas eran para que, de alguna manera, esas palabras de amor que le llenaban el corazón, llegarán al hombre que alguna vez la había amado.
La misma mañana de su muerte, doña Sinhazinha recogió del frente de su casa las cuartillas repletas de amor que ya había olvidado. Una ráfaga de viento se las llevó desde el escritorio del Doctor Osmundo Pimentel hasta la puerta de la casa de la hacienda de Jesuíno Mendoça.
El doctor persiguió las hojas por todo el pueblo, incluso por el camino que lleva a la hacienda, para al final encontrarse con una morena hermosa, señora imponente que cargaba en sus piel la belleza de la mujer que se haya mujer.
No fue necesario decir nada. Se acercaron, se besaron, sin tiempo ni edad, sintieron en lo mas profundo de si una llama que les atravesó el corazón y que los hizo pensar que había valido la pena vivir, solo para disfrutar ese instante.
Una llama que se llevaron creyendo ser la vida, y que no fue otra cosas sino la muerte, les atravesó el cuerpo vestida en traje fino calibre 36.
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