El día que murió mi hermano yo fui el último en enterarse. Ya han pasado 4 años y 2 meses, y desde ese día hasta hoy no siento nada.

No hay día que pase en el cual no piense aunque sea un momento en él. Pienso en las cosas que vivimos juntos, pero sobretodo en las que no hicimos. Por ejemplo, un día en el que yo tenía catorce años y el once, se enteró que yo iba a ir al cine con García, nuestro vecino del apartamento que estaba justo al frente del nuestro. García era un muchacho de mi misma edad que a veces era un poco pesado, siempre jactándose de las cosas que su padre le traía de sus numerosos viajes, regalos que únicamente buscaban paliar un poco sus ausencias. Sólo años después se daría cuenta de lo obvio: que esos regalos eran pequeños pedazos de cinta que intentaban mantener unida una familia que estaba rota desde hacia ya mucho tiempo. Ese tipo de cosas es mejor enterarse cuando se es pequeño para luego no sentirse un idiota cuando se crece.

Mi hermano se enteró de nuestro plan con García mientras hablaba por teléfono. ¡Joder, cómo me exaspera que la gente preste atención a las conversaciones telefónicas de los demás!.
Mi hermano abrió los ojos con inmensa alegría, con un brillo que hoy en día es lo único que alcanzo a recordar de él. Puede sonar tonto, pero con el paso de loas años se me hace cada vez más difícil recordar su cara. En cambio sus ojos brillantes aún iluminan mi recuerdo.
Entonces, fue cuando pidió acompañarnos. Después de tanto tiempo yo ya estaba harto de que siempre tuviera que llevar a mi hermano conmigo fuera a donde fuera e hiciera lo que hiciera. Parecía que mis padres habían decidido tener otro hijo pues estaban seguros de que era yo el que se los iba a cuidar.
Lo miré lleno de rabia y le dije que podía ir con nosotros. Le pedí que se cambiara y alistara mientras yo iba donde García. Le dije que ya volvía por él.
Mi hermano ahí mismo corrió a su cuarto, sacó una camisa verde que únicamente se ponía en ocasiones especiales y se la puso. Fue a la zona del lavadero, embetunó los zapatos con mucho esmero y cuidó de no ensuciar sus medías con el cepillo, mientras lo batía frenéticamente de lado a lado del zapato procurando sacar el mejor brillo posible. Finalmente fue al baño donde se echó agua en el cabello y se puso gomina. No mucha, sólo la suficiente para que yo no le regañara por intentar quedar igual que yo. Después, se sentó en la sala esperando que yo volviera.
Sólo que yo nunca lo hice.

Si él aún estuviera, le pediría perdón. Le diría que yo era tan solo un preadolescente idiota que vivía, sin saberlo, celoso de él y que no había podido asimilar dejar ser el centro de atención de la familia. Le diría que fuéramos a cine las veces que él quisiera y le prometería que nunca más lo abandonaría.
Lo abrazaría llorando, suplicándole que finalmente apagara sus ojos y que me permitiera volver a sentir.

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~ por altazor en agosto 22, 2008.

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