Digo que yo no soy un hombre puro

•junio 6, 2009 • 1 comentario

Digo que yo no soy un hombre puro

Yo no voy a decirte que soy un hombre puro.
Entre otras cosas
falta saber si es que lo puro existe.
O si es, pongamos, necesario.
O posible.
O si sabe bien.
¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
¡Puah!, qué porquería.

Yo no te digo pues que soy un hombre puro,
yo no te digo eso, sino todo lo contrario.
Que amo (a las mujeres, naturalmente,
pues mi amor puede decir su nombre),
y me gusta comer carne de puerco con papas,
y garbanzos y chorizos, y
huevos, pollos, carneros, pavos,
pescados y mariscos,
y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino,
y fornico (incluso con el estómago lleno).
Soy impuro ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo,
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.
Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario.
La pureza de los novios que se masturban
en vez de acostarse juntos en una posada.
La pureza de los colegios de internado, donde
abre sus flores de semen provisional
la fauna pederasta.
La pureza de los clérigos.
La pureza de los académicos.
La pureza de los gramáticos.
La pureza de los que aseguran
que hay que ser puros, puros, puros.
La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia.
La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.
La pureza del que nunca succionó un clítoris.
La pureza de la que nunca parió.
La pureza del que no engendró nunca.
La pureza del que se da golpes en el pecho, y
dice santo, santo, santo,
cuando es un diablo, diablo, diablo.
En fin, la pureza
de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro
para saber qué cosa es la pureza.

Punto, fecha y firma.
Así lo dejo escrito.

Nicolás Guillén

La mitad de mi vida

•abril 12, 2009 • 2 comentarios


Fue el peor video que logré encontrar. ¡Incluido su karaoke!

Sin embargo me encanta esta canción por muchas cosas, 
incluido el hecho de ser una pequeña joya popular en medio 
de tanta mediocridad....

•marzo 5, 2009 • Dejar un comentario

Escurinha, tu tens que ser minha de qualquer maneira….

My eyes adore you

•diciembre 18, 2008 • Dejar un comentario

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•octubre 24, 2008 • Dejar un comentario

“Esta historia de amor —por curiosa coincidencia, como diría doña Arminda— comenzó el mismo día claro, de sol primaveral,  en que el hacendado Jesuíno Mendonça acabó, a tiros de revolver, con Doña Sinhazinha Guedes Mendonça, su esposa, personalidad ilustre de la sociedad local, morena tirando a gorda, muy dada a las fiestas de la iglesia, y con el Doctor Osmundo Pimentel, dentista llegado a Ilhéus hacía pocos meses, mozo elegante, con pretensiones de poeta…”

Así como la mayoría de historias de amor, al menos las que en estos tiempos merecen ser contadas, ésta duró solo un instante. A fin de cuentas las coincidencias no existen.

No fue coincidencia, aunque doña Arminda insista en afirmarlo, que las cuartillas llenas de palabras de amor del Doctor Osmundo Pimentel, llegaran a los pies de Doña Sinhazinha. Llegaron llevadas por el viento, perdidas en su camino, porque el perderse era parte de su destino, de su camino hacia la coincidencia.

El doctor Osmundo Pimentel siempre vivió entre la dicotomía de ser un hombre serio y responsable, graduado con meritos en una de las mejores universidades de Brasil, y ser un hombre de espíritu libre, con esperanzas de amores de marinero y vida de bohemio errante.
Ese corazón errante lo llevó, en una jugada maestra del destino, a Ilhéus. Su barco cuyo rumbo era Salvador, se vio perdido en una tormenta que finalmente lo arrastró, como si no pudiera ser diferente el camino, a las costa del pueblo donde por fin podría vivir su sueño mas anhelado.

Al llegar, de inmediato llamó la atención de todas las personas del pueblo, según doña Arminda, por ser elegante y distinguido, profesional y buen mozo. Al indagar por el motivo que lo llevó a dejar su vida en Rio de Janeiro, el Doctor Osmundo Pimentel contestaba siempre con evasivas cargadas de simpatía y galantería, que lograban que sus interlocutores quedaran absortos admirando la gracia y caballerosidad de este nuevo habitante.

No habría de pasar mucho tiempo para que llegara a los oídos de doña Sinhazinha Guedes de Mendoça, traído esta vez en boca de doña Arminda, la noticia  de la llegada de este nuevo hombre, que aún sin saberlo iría a cambiar para siempre su vida.

Doña Sinhazinha y doña Arminda eran amigas desde hacia mucho tiempo, del tiempo de la llegada de los alemanes. Sus años de profunda camaradería habían soportado más pruebas de las que cualquier amistad soportaría, incluida el matrimonio de doña Sinhazinha con Jesuíno Mendoça, pretendiente por muchos años de doña Arminda. Después de todo, doña Arminda siempre esperó que otro amor llegara para llevársela del cultivo de cacao que ya tanto detestaba, y que siempre le recordaba las tardes de verano en las cuales, entre frenéticas palabras de pasión, Jesuíno le prometía amor eterno.

Doña Sinhazinha, a diferencia del resto de la población, no se interesó con la llegada de este nuevo hombre. Su edad avanzada y su vida tranquila a las afueras del pueblo, solamente interrumpida con las visitas a la iglesia, le daban la certeza de que ningún hombre o mujer, podría irrumpir su rutina cargada de rezos y oraciones.

A pesar de los esfuerzos de doña Arminda por hacerle leer las cuartillas de pretendida poesía del Doctor Osmundo Pimentel, doña Sinhazinha siempre rehusaba diciendo que ya estaba muy vieja para andar en amores de jovencitos, que a su edad, las únicas palabras de amor eran las buenas noches que recibía de su marido al momento de acostarse.
Si solo hubiera sabido que doña Arminda había mantenido su amistad con doña Sinhazinha, para poder ver, aunque fuera a la distancia a Jesuíno Mendoça, y que sus esfuerzos por que doña Sinhazinha leyera los poemas eran para que, de alguna manera, esas palabras de amor que le llenaban el corazón, llegarán al hombre que alguna vez la había amado.

La misma mañana de su muerte, doña Sinhazinha recogió del frente de su casa las cuartillas repletas de amor que ya había olvidado. Una ráfaga de viento se las llevó desde el escritorio del Doctor Osmundo Pimentel hasta la puerta de la casa de la hacienda de Jesuíno Mendoça.
El doctor persiguió las hojas por todo el pueblo, incluso por el camino que lleva a la hacienda, para al final encontrarse con una morena hermosa, señora imponente que cargaba en sus piel la belleza de la mujer que se haya mujer.

No fue necesario decir nada. Se acercaron, se besaron, sin tiempo ni edad, sintieron en lo mas profundo de si una llama que les atravesó el corazón y que los hizo pensar que había valido la pena vivir, solo para disfrutar ese instante.
Una llama que se llevaron creyendo ser la vida, y que no fue otra cosas sino la muerte, les atravesó el cuerpo vestida en traje fino calibre 36.

House of cards

•septiembre 3, 2008 • Dejar un comentario

•agosto 22, 2008 • Dejar un comentario

El día que murió mi hermano yo fui el último en enterarse. Ya han pasado 4 años y 2 meses, y desde ese día hasta hoy no siento nada.

No hay día que pase en el cual no piense aunque sea un momento en él. Pienso en las cosas que vivimos juntos, pero sobretodo en las que no hicimos. Por ejemplo, un día en el que yo tenía catorce años y el once, se enteró que yo iba a ir al cine con García, nuestro vecino del apartamento que estaba justo al frente del nuestro. García era un muchacho de mi misma edad que a veces era un poco pesado, siempre jactándose de las cosas que su padre le traía de sus numerosos viajes, regalos que únicamente buscaban paliar un poco sus ausencias. Sólo años después se daría cuenta de lo obvio: que esos regalos eran pequeños pedazos de cinta que intentaban mantener unida una familia que estaba rota desde hacia ya mucho tiempo. Ese tipo de cosas es mejor enterarse cuando se es pequeño para luego no sentirse un idiota cuando se crece.

Mi hermano se enteró de nuestro plan con García mientras hablaba por teléfono. ¡Joder, cómo me exaspera que la gente preste atención a las conversaciones telefónicas de los demás!.
Mi hermano abrió los ojos con inmensa alegría, con un brillo que hoy en día es lo único que alcanzo a recordar de él. Puede sonar tonto, pero con el paso de loas años se me hace cada vez más difícil recordar su cara. En cambio sus ojos brillantes aún iluminan mi recuerdo.
Entonces, fue cuando pidió acompañarnos. Después de tanto tiempo yo ya estaba harto de que siempre tuviera que llevar a mi hermano conmigo fuera a donde fuera e hiciera lo que hiciera. Parecía que mis padres habían decidido tener otro hijo pues estaban seguros de que era yo el que se los iba a cuidar.
Lo miré lleno de rabia y le dije que podía ir con nosotros. Le pedí que se cambiara y alistara mientras yo iba donde García. Le dije que ya volvía por él.
Mi hermano ahí mismo corrió a su cuarto, sacó una camisa verde que únicamente se ponía en ocasiones especiales y se la puso. Fue a la zona del lavadero, embetunó los zapatos con mucho esmero y cuidó de no ensuciar sus medías con el cepillo, mientras lo batía frenéticamente de lado a lado del zapato procurando sacar el mejor brillo posible. Finalmente fue al baño donde se echó agua en el cabello y se puso gomina. No mucha, sólo la suficiente para que yo no le regañara por intentar quedar igual que yo. Después, se sentó en la sala esperando que yo volviera.
Sólo que yo nunca lo hice.

Si él aún estuviera, le pediría perdón. Le diría que yo era tan solo un preadolescente idiota que vivía, sin saberlo, celoso de él y que no había podido asimilar dejar ser el centro de atención de la familia. Le diría que fuéramos a cine las veces que él quisiera y le prometería que nunca más lo abandonaría.
Lo abrazaría llorando, suplicándole que finalmente apagara sus ojos y que me permitiera volver a sentir.